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El viernes y el sábado
por la noche (sí, ambos dos días) tendremos unos excelentes fideos caseros. Serán sencillos. Derechitos, sin vueltas. Aprendimos de Cristaldo1.
Osperamos
Pueden reservar por mail o por teléfono
(4431-4626) ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ 1La maldita originalidad
Cristaldo de Liguria fue un artista renacentista, multifacético, que prefirió la cocina. Una comida buena –decía- es la obra de arte más perfecta. No requiere demasiada preparación para apreciarla, y su valoración es inmediata: cuanto mejor, menos dura.
El problema con los artistas –a la hora de comer- es la maldita originalidad. Los restoranes (las
tabernas de entonces) deben tener un plato emblema, la especialidad de la casa, pero un artista no quiere repetirse, y Cristaldo nunca sirvió dos veces lo mismo.
Un día te hacía caracolitos y el otro fuccilli al palito. Era el capo del fideo; de su mente calenturienta surgieron las
infinitas variantes que ahora resucitan fashion en esos patéticos restoranes paspados de los falsos palermos, o mienten típicamente D.O.C. en producidas aldeas mediterráneas de guía turística.
Fue el primero que ahuecó los vermicelli como aporte metafísico a la reflexión sobre a nada. Nunca descubrió que así se les
metía salsa adentro, y pensó que quedaban más ricos por cierta pulsión conjunta de lo intelectual y lo espiritual. Hubo quien se quejó al no poder sorberlos con ruido, y se manifestó ajeno a cualquier tipo de
reflexión. Para colmo, un artista no explica y suele ofenderse.
Cristaldo era buen pintor, y seguía la perspectiva rudimentaria en boga. Armó platos cerámicos –era alfarero- con
una protuberancia que obraba como punto de fuga, y desde allí desplegaba un abanico trigonométrico de tirabuzones, o cintitas, o tagliatelle, o lingüini. Variaba la angulación, la altura del horizonte (tuvo una
época ortodoxa de fuentes rectangulares, y otra cubista de cuencos prismáticos por aquello tan viejo de la altura y el contraste), la paleta, los pigmentos de las salsas, los tamaños, temperaturas, sabores y aromas.
Sus comidas eran bellezas permanentemente diferentes. Los platos perspectivantes no podían apilarse. Los bacheros los odiaban.
Imbuido de profunda religiosidad, tuvo un período de fideos místicos. Mandó unos querubines rubicundos casi
procaces que daba pena comerlos, unas virgencitas agli-olio con potencias de azafrán, unos tucos picantes que anticipaban los
rigores del averno y unos sátiros demoníacos con priapismo desmesurado, al punto de que el miembro quedó crudo.
Como también era músico, Cristaldo jugaba con ritmos y compases de amalgama y experimentaba con armonías jugadas (¡después
hubo quien se atrevió a reclamar para sí la invención del serialismo dodecafónico!), cambiaba timbres y tesituras en ingeniosas polifonías o llanas melopeas flotando en aceite de oliva al romero de tiesto. Hizo
fugas de orechiette (dobles fugas, punto y contrapunto desde la música y la pintura) y sonatas de varios pasos, hoy llamadas degustaciones.
Notable arquitecto, interrumpía a sabiendas el flujo de lo sencillo. Jugaba con las mesas y los bancos, obligando al caballero
a comer del plato de enfrente, dos lugares a la derecha o izquierda. Los arquitectos –se sabe- se preocupan por molestar y hacer complicada la vida cotidiana, y nuestro cuocco era además ajedrecista: procuraba
que los obispos comieran en diagonal, los reyes del puesto inmediato alrededor, y las reinas de donde se les cantara la coronita (Cristaldo, como tantos artistas, era devoto de las mujeres. Ensayaba seducciones
invitándolas a posar como modelo de fideo, o enseñándoles a hincar el pulgar en el tierno ñoqui).
Sus banquetes resultaban esculturas notables que duraban lo que el hambre, eran la poesía de las tensiones fonéticas y
gráficas cosidas con el hilo del aroma, y la arqueofoto de la ilusión (sirvió un almuerzo en cámara oscura: la única luz entraba por un agujerito y las viandas se proyectaban, cabeza abajo, en la pared del fondo).
Ducho en metalurgia elemental, hacía trafilas complicadas con secciones estrelladas (de 5 y más puntas), poligonales
(los foratti de veinte lados salieron cilíndricos, por usar un semolín demasiado fino) y libres (tipo pileta riñón). Exigía a los parroquianos que apreciaran la pureza de las formas, y algunos fallutos disparaban
rápidas loas de compromiso para que no se les enfriara la comida. Eximio dibujante y gran observador, cocinó fideos de escarabajo, lombriz, cucaracha, araña, mantis religiosa y ciempiés tan logrados que quedaron
intactos. En una fiesta patronal intoxicó a 500 con cruentos macarrones rojos tintos en una mezcla de sangre de toro y cal viva. Preso de la paradoja de Rhijno, hizo un fideo Moebius sin fin ni principio y se
enfureció cuando lo cortaron para servirlo.
Cristaldo se había ido a la mierda y la gente no volvía. Los tipos de antes querían comer, no como ahora que se
engañan con decoraciones y se olvidan de los sabores.
Primero se ponía chivo con tanta incomprensión. De viejo se deprimió. Concluyó, tarde, que había elegido una disciplina
artística poco agradecida en términos de futuro y revaloración reivindicativa. No quedan ni rastros de su maestría, exceptuando un tenedor oxidado de dos dientes, un cacho de fuente de loza y ciertos relatos de
unos bardos golosos, llegados hasta ahora por tradición oral, de boca en boca y de cuando en cuando.
Enfermo de rencor, inventó lo que ahora se conoce como fast-food y el mundo de los negocios prósperos comenzó a sonreírle,
justo cuando Cristaldo había dejado de sonreír.
Vaya pues este peculiar reconocimiento, in memoriam.
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