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Para este
sábado (5 de abril) mejor reservar con tiempo porque viene un cocinero especial: Molina, a preparar una cazuela de pescados.
Sepan que el tal Molina es un artista multifacético, sutil y profundo, que desarrolla en simultáneo una vocación y una
profesión. Resulta difícil saber cuál es cuál.
Por un lado, canta. Desde hace varias décadas integra un afamado grupo vocal polifónico. Su amplia tesitura de
barítono le permite desplegar un rimero de voces armónicas que suenan bien en conjunto, pero flaquean en las fiestas y asados. En efecto, al intentar complacer el amistoso pedido de borrachos y borrachas ("cantate algo, Molina") nuestro héroe desarrolla una extraña melopea compuesta de melismas herméticos ("uuuuuaBóm, ¡mmMMMAAAA!, taracataracatá" y así por el estilo) que
sólo se clarifica cuando el arreglo musical le otorga un sólo (pongamos por caso "me es imposible mi bien mi bien"). La gente, estupefacta. Eso que funciona bien en el colectivo suele desentonar
en soledad, cual bataclana que -lejos del escenario y sin sus compañeritas- evidencia múltiples fallas descalificadoras.
Entonces, queda dicho, Molina canta, o algo parecido. Y también desde hace mucho, en paralelo, Molina cocina. Es
experto en pescados. Los pescados deben estar muertos, porque Molina se siente ecologista y amante de la naturaleza, no pesca ni un resfrío, defiende a la vida. Que mate otro. Flojo de
convicciones, a los mejillones los prefiere vivos (cuando no están infectados de mareas rojas y traslúcidas, venenosos como ahora). Si los pescados están muertos (recién muertos), Molina te los adereza y cocina bien de bien, en armoniosas combinaciones, respetando punto y contrapunto, matiz y color, desarrollando preciosos ritmos en coloridas paletas sabrosas, intensos crescendos, deliciosos silencios (¿para qué hablar si todo viene bien?). El
hombre aplica conceptos musicales a la comida, con singular acierto.
Bueno. No se la pierdan Una cazuela musical, tipo zarzuela de mariscos, pero con pescados. Muertos
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