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Lentejas, lentejas… si quieres las comes y si no las dejas.
Se atribuye errónea y certeramente a Paco Yantón, cocinero apátrida que peregrinaba por la España dividida de los tiempos de
Quijote, el haber dado nombre a esas semillas bicóncavas parecidas a pequeñas lentes, o lentillas. Yantón notó la semejanza y las rebautizó, ignorando que primero fue la planta (la lens romana, la legumbre, natural) y luego la lente (la óptica, artificial),
y que las lentes habían tomado su nombre de las lentejas. Peor tengamos en cuenta que por aquellas épocas Internet estaba muy incipiente, que Yantón era una mala bestia analfabeta y que de poeta y de loco no
tenía solamente un poco (Paco trashumaba por supervivencia: o se mudaba o lo linchaban). En tratándose de comidas, más que el nombre
importa el sabor, circunstancia ignorada por las nueva camada fashion de cuocos paspados que se desgranan en turbiedades literarias para acompañar puestas en escena supuestamente atractivas armonizando volumen,
altura y contraste en platos sin fuente ni sustancia. "Más vale la esencia", debía pensar el vate Rodolfo Zapata al homenajear a su carnosa prometida en prosaica chacarera sesentista.
Dejemos a Yantón para otro día, que nada nos ha dejado más que confusión y sospecha, y volvamos a lo nuestro.
Este sábado 3 de mayo a las 22 serviremos un potaje memorable, en el que las lentejas aportan el sustento (nótese que aquí sustento abarca sus tres acepciones comunes: mantenimiento, alimento; aquello que sirve para dar vigor y
permanencia; y sostén o apoyo) y numerosas carnitas (varias) danzan su romance contra cebollas (varias), ajos (varios), pimientos (varios) y tomates (varios). Todos varios, en el sentido de variados y diferentes, pues nos gusta lo desparejo y no vamos por la vereda.
L'ancienne lubrique era una vieja medio puta que se las daba de aristócrata, y se pasaba los cocineros (varios) una noche cada uno. Quien no la satisfacía, agonizaba en tormentos judiciales, hasta que le cayó un pícaro –mago de los sabores y flavores- que la dejaba con la boca abierta queriendo más, como un Sherezada macho, según se contará en la cuadragésima quinta edición de "Mujeres asesinas", con una Sofía Gala octogenaria en el rol protagónico y un no nacido galancete de gimnasio en el papel del cocinero perspicaz.
Nuestras lentejas –modestia aparte- siempre vienen bien cocidas y no se deshacen. Son negritas y pequeñas, que lo
bueno viene en frasco chico. No grandotas y sonsas, como el que te jedi. Recogen los sabores de caldos pacientes, destilados de huesos dorados en hornos – ver reacción de Maillard- por lo que
vegetarianos abstenerse: andar separando lenteja por lenteja de panceta y cuerito, morro y oreja, codeguín y sobrebarriga resultará vano y tedioso. Todo está impregnado, che. Absorbido. Embebido.
Las lentejas alla ancienne lubrique son a prueba de aires (¡gracias, noble ajedrea!) y 100% colesterol-free, por armoniosa combinación de oleosidades crudas y cocidas, saturadas sí y no (eterna lucha del bien contra el mal, ganada una vez por los buenos), y no darán ocasión para el arrepentimiento, asunto a cargo de los nuestros caros vinos puestos a precio vil (¿demagogia,
filantropía, o estrategia marquetinera?) potenciando traiciones del desamor y el ex amor y el no amor y el eterno destiempo.
Buen gusto a mucho, para equilibrar almas e interiores. Algo inobjetable, como la belleza. Eso rico,
que sabe a sano, y sana. La experiencia iniciática, epifanía de la sabiduría Una cosa consistente, gente, y liviana a la vez, para hacernos mejores. Si somos lo que comemos, seremos lo que deberemos comer,
o no comeremos nada Si no tenemos mucho para decir, diremos mucho
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