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Este sábado
(10 de mayo) a las 10 (de la noche) celebraremos una carbonada fetén. La carbonada es una mezcla de guiso y sancocho que se
solía –y se suele- servir en las fiestas criollas. Hay muchas versiones según épocas y lugares, y otras tantas teorías cerca de su origen, belga o más bien flamenco Algunos atribuyen su creación al
polémico Petiso Oliveros, pero nosotros no comemos vidrio. Oliveros nació (en Buenos Aires) alrededor de 1945, y mal pudo haber inventado un plato que figura en documentos bicentenarios (tal vez lo mejoró, o
creyó mejorarlo). Lo cierto es que el petiso era rápido como el rayo, y veía negocios en asuntos que para el vulgo resultaban simplemente cotidianos, culturales, de todos los días.
Así como ahora patentan bacterias, cepas, viruses y aguas surgentes, Oliveros pretendió patentar comidas exitosas. Se
consiguió un boga del palo, se asesoró sonsacando a otros pícaros (admitamos que invirtió buen dinero, en vano), y presentó los papeles para conseguir las patentes internacionales del puchero, del asado, del locro,
de la buseca, de la ensalada mixta y del huevo frito. Ahí abandonó, aunque su lista seguía ad astra et plus ultra.
Para patentar algo a nivel internacional hay que cubrir todas las variables. Y estas comidas famosas sobre las que el
petiso reclamaba regalías intelectuales son inabarcables, che. Basta cambiar un ingrediente (zapallo anco por angora, digamos) para que la patente ya no te cubra. Vos le ponés sal gruesa, y la patente dice sal sin especificar, y ya es otro plato, a los efectos legales. Pimentón de Murcia o pimentón suelto de la esquina, y te cambia el status.
Oliveros perdió confianza en la justicia. Cierto es que su actitud era censurable, especulativa, aprovechadora e
insostenible, pero muchos otros se apropiaron de lo ajeno con recursos "legítimos" y ahí los tienen llenos de guita, con sus top model y sus autos y su centimil en revistas de moda. El petiso se fundió, por
enésima vez, y buscó otros giles para otros emprendimientos. Después de trajinar casi tres años, sólo consiguió una patente limitada para el hígado a la veneciana válida exclusivamente para la localidad tucumana
de Monteros y su área de influencia (se murmuró que un concejal de la dictadura la gestionó y obtuvo influyendo en ambientes militares, a fuerza de delaciones). De poco le valió: por entonces en Monteros la gente
común casi no comía, y la gente bien no iba a comer esa porquería de pobre.
El petiso Oliveros se borró por un tiempo y le perdimos el rastro. Por ahí andará, haciendo daño. Sabemos que sí inventó
una comida propia, y que era muy buena, pero - desalentado y descreído como quedó, y roñoso como siempre fue- no se la contó a nadie. A estos tipos no les gusta ganar con su propio sudor o ingenio o conocimiento.
Más gusto le encuentran a lo mal habido, y encuentran "muy argentino" a este criterio. Tal vez un día consigamos la receta secreta del petiso Oliveros y, pagando los derechos correspondientes, podamos servirla en
Tango y Truco. No será tan barata, quizás. Lo que cuesta vale.
Sábado 10 de mayo a las 22,
carbonada TyT (con frutas, y choclos, y repollitos, y batatas, y arroz organoléptico y caldos purificados, a todo sabor y con repeticiones sin costo), alitas marinadas y las otras cosas y panes caseros que siempre ofrecemos.
Osperamos
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