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Este sábado que viene (17 de mayo), desde las 22, serviremos varénikes de papas gigantes con crema y cebollas doradas casi excesivas.
Habrá que reservar mesa (por mail o llamando al 4431-4626) y recibir confirmación, o exponerse a cierta espera, o comer de
dorapa en la barra, donde se conoce gente heroica y atrayente, un tanto curtida por las injusticias cotidianas, con rencores amables y sueños imposibles.
No hay tantas oportunidades de comer estas empanadas hervidas en la Buenos Aires actual. Tal
vez ya no funcione aquel primer piso del barrio chino, ni la esquina del IFT, y sólo queden reductos extraños como las parrillitas de Honorio junto a la Coca o la de Quito y Mármol, donde escriben "Varéiniki" en el
pizarrón, junto a "Choripán" y "Morcipán".
Los varénikes se mantienen en la memoria de algunas familias judías memoriosas, o rusas de reciente
inmigración. Son una comida inteligente, como todas las de aquellos europeos empobrecidos que se las debían ingeniar para rebuscárselas con muy poco. Inteligente y sabrosa. Difícil superar esa combinación
de papa y cebolla en masa casera. Acá les ponemos sésamo adentro, porque estamos medio fashionizados y porque queda muy rico. No usamos grasa de ganso porque vienen muchos vegetarianos molestos (también no
molestos) y no tenemos lugar apropiado para criar ocas. Empleamos una crema casi tan buena como la que hacíamos con la desnatadora en el campo cuando no habían sojas ni piquetes, unas papas notables (de dos
kilos, no transgénicas) y unos cebollones XXL que cultivan unos bolivianos impuntuales. Seguimos la receta sencilla, no la del petiso Oliveros (que en su afán de lograr la patente universal adulteró sabores y
flavores). No serán –esta vez- ni de guinda ni de carne, ni tendrán salsa de tomates, porque qué se yo. Sí serán ricos, y abundantes Se podrán repetir hasta el hartazgo o el acabose, según cuál llegue
primero.
Sepan aprovechar esta oportunidad singular, disfrutando estos tradicionales varénikes en nuestro caótico ambiente no climatizado.
Osperamos
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