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Resulta curioso
comprobar que muchas doñas se empecinan en recobrar sabores del pasado. "Siempre se vuelve al primer amor", cantó el vate con razón, sin referirse necesaria ni explícitamente al encuentro sexual primigenio, pero sugiriéndolo.
Así como las matronas registran aquel episodio liminal, atesoran con cariño los escasos horribles menjunjes con que sus madres
las alimentaban por aquellas épocas remotas en que una señora debía cocinar. Comidas cocidas en el resentimiento -en la mayoría de los casos- que sería mejor olvidar.
Hay una pícara –no diremos el nombre- que cocina para el freezer de ociosas damitas pudientes, y la sabe lunga. Tiene
dotes de adivina. Con cuatro preguntas estratégicas te sonsaca la pobre lista corta de alimentos de tu infancia, y detecta algún ingrediente característico -"le ponía patitas", por ejemplo- sin el cual la
cosa no es tal. Después te trae unos platos parecidos sin gracia ni sazón, pero gracias a la mágica mentira del recuerdo, vualá: éxito asegurado. "Así lo preparaba mamá".
No sabemos, ni queremos, ni podemos entrar en el escabroso franeleo de la manipulación. Es imposible contentar a todas. Nos
molestan los elogios del tipo "Así lo preparaba mamá". Preferimos la comida sabrosa, tranquila, pulsuda y discretamente violenta, sin ulterioridades.Un guiso, che, no debe ser una venganza.
Si alguna madre de alguna de estas madres que decimos hubiera horneado bien los huesos y las verduras para preparar un caldo
lento que –ya desgrasado- remojara con tiempo unas legumbres elegidas, se tomara un día para recién hervirlas lo justo (ni cinco minutos) y las impregnara en sofritos aromáticos de coloridas hortalizas
naturales un par de días antes de servirlas corregidas y aumentadas con adobos acopiados en remotas excursiones, pensaríamos que el mundo es lógico y que la primera vez valió la pena. Tal vez pareció buena. Una
era joven y no conocía. Es tiempo de comprobar que puede haber mejores.
Osperamos
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