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El sábado comeremos un manjar incatalogable que intentaremos abordar desde el texto. En un plato o cazuelita, con precisas cantidades de cierta salsita sálvica y mantequera, se presentan unas alegres esferitas sugerentes. Son como unas
criadillas políticamente correctas en cuya confección no se ha dañado a ningún animal, aptas hasta para el vegetariano más acérrimo (el superlativo afecta al vegetariano y no a las pelotitas que no tienen sabor
acre sino todo lo contrario: suave, untuoso, crémico y lácteo, con un exacto puntito picoso). Andan a medio camino de los ñoquis y las pastas rellenas y parecen albóndigas, pero de papa. Tienen una
sorpresa interior, sutilmente ácida, y una costrita dorada de maduro regianito. Se les atribuyen –no está comprobado científicamente- virtudes afrodisíacas, vocablo que deriva de Afrodita –diosa
griega de la fecundidad y la energía- y no tiene nada que ver con lo afro ni con los africanos, pues son bolas más bien blancas. Tal vez hayan heredado el matiz erótico por asociación contextual, ya que constituían
el plato emblemático del mítico burdel "Las argollas olímpicas", famoso por sus cinco hetairas multirraciales, una por cada continente. Allí lo comimos y aprendimos. En tiempos olímpicos, resulta oportuno
compartirlas (a las bolas de papa, no a las atletas del sexo, que ya estarán demasiado mayorcitas y siempre fueron caras) por unos pocos pesos, en amable simposio informal.
Osperamos
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