|
Esta noche a las diez, un raro manjar: ragú marino de lentejas , o con ellas.
Una vez el vasco Botija, cocinero del montón pero auténtico campeón del pensamiento confuso, presentó el plato como ragú de lentejas marinas
. Cierta gente complica todo armando mal las frases o concordando los adjetivos con tiempos y números que no corresponden. Hay dos lentejas marinas: el sargazo y otra que es un peso para hundir señuelos -pescativamente hablando- pero las lentejas de esta comida son terrestres, como cualquiera podrá apreciar a simple vista.
El ragú que serviremos se dice marino porque además de chancho y cordero lleva animales que hasta ayer nadaban en las
procelosas costas atlánticas. Es rico, sano y untuoso. Tiene de sierra, de pampa y de mar (como algunas paellas). Un alimento completísimo, che, que podrá repetirse sin pagar doble.
No es el clásico guiso de batalla que promueve fragores intestinos. Despierta súbitas amabilidades filiales
desacostumbradas y pinta de bonitos colores mejillas tradicionalmente mustias, salpicando adorables brillitos en miradas otrora rencorosas. Calma el alma y estimula a acometer trascendentes asuntos
postergados con heroísmo y decisión. Fortalece cuerpo y espíritu. Viene a ser como un yoga caliente y sabroso.
Lejos de producir confusión, más bien aclara la mente librándola de cíclicos pensamientos tanáticos y ridículas misiones
heredadas. Limpia y fija. Aporta lucidez (virtud depreciada, si las hay) y tonifica el velamen.
Se ve que el vasco irresponsable ni siquiera lo probó, o hubiera acertado con el nombre. Así son de soberbios los
ignorantes, por causas que desconocemos y tampoco nos interesan un pomo.
Nosotros sí. Primero lo probamos en cobayos de laboratorio, luego forzando a nuestras hijas y finalmente con boca y lengua
nuestras, en carne propia. Está buenísimo. Venid a saborearlo solos o gratamente acompañados, que aquí valoramos las buenas elecciones y festejamos todo lo que da esplendor.
Osperamos
|