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El crítico gastronómico Tolon Coimer –firmaba Caruso-
valoraba las diferencias y desconfiaba de las leyes generales. "Lo parejo, lo repetible, lo de manual, nunca pueden ser gourmet. Todo platillo memorable es la peculiar circunstancia de contingencias y soluciones,
impar batalla ganada en una eterna guerra sin enemigos". No era tan claro, el hombre, como temido. Llegaba a un restorán y cundía el incordio en la cocina Cebado en glorias dudosas hizo de su ministerio un
arte que quiso elevar a ciencia. Su última columna -la que le valió el despido- distinguía sabores y consistencias, texturas y densidades, longitudes, calibres y matices de cada
fideo en un plato con muchos. Tal vez exageró, pero algo de razón llevaba.
Los fideos que serviremos el sábado 11 a las 10 de la noche resistirían su análisis. Cada uno
será un ente, propio y discreto, jugando el partido de su vida con sentido colectivo y ánimo de equipo Nacerán para eso, sabrán que serán comidos y ofrendarán su existencia en aras de un placer brevísimo, si bien
nutritivo y sustancioso. Unos fideos, che, con personalidad, para festejar algo y ser recordados, en salsas diversas. La cosa será elegir, no mezclar. Los parroquianos histéricos podrán pedir porciones
sucesivas, cambiando la salsa, sin cargo adicional.
Osperamos
Tolon, ya
sin trabajo, debió acostumbrarse -cual vigilante manguero- al sabor de los esputos disimulados en las preparaciones culinarias que le servían quienes antes le rindieran pleitesía, y –peor- a pagar lo
consumido. Vive de eventuales aciertos a las tantas quinielas que pululan. Insiste en comer afuera. La soledad no lo convence.
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