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Este sábado 9 de febrero intentaremos la
chipironeada criolla. Al decir criolla nos ponemos a cubierto de críticos ociosos: todos sabemos que la cocina no viaja. No es criolla por eso de los gauchos, porque los chipirones son del mar y si bien había
gauchos en el Tuyú, por Madariaga y más al Sur, en nuestras costas marinas, no constan carneadas de cefalópodos para comerles la lengua, ni se han visto cueros colgados del alambre, tal vez porque alambres no habían
en épocas del Restaurador, o casi no. Los calamarcitos (choquitos) fashion se escriben txipirones, así, con grafía alla vasca, pero no es nuestro estilo, máxime cuando deberíamos entonces poner "baska", y ninguno
de los nuestros casaría uán. La cosa es que siempre nos salen bien, como quedará palmariamente demostrado el sábado de marras poco antes de que den las diez. Diez de la noche. Pleno día, por esto de los horarios
político económicos. Tendrán algo de su tinta y mucho de secreto, pues nuestras recetas se basan en el probar y corregir sin anotar ni sacar explícitas conclusiones. De modo que será en vano solicitar
ingredientes y proporciones. Será en vano y es de mal gusto (la actitud, no la comida) Como siempre, uno podrá comer hasta agotar las existencias, o agotarse uno en el esfuerzo fagocitador, intentando sacarle
el jugo a su modestísima inversión -nunca gasto- porque suele aflorar cierta cosa miserable, fruto del instinto de conservación, que nos cae bien mal a nosotros, los auténticos rastacuers porfíricos tanguitruqueros,
gentes que hemos tenido un buen pasado glorioso.
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