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Juntarse a comer es una buena excusa. Reunirse
con amigos, recordar sempiternas historias deformadas, discutir de fútbol, de política, de economía, confontar y comparar presentes, compadecer castigadas fisonomias actuales y desgracias pasadas, alegrarse de que
no te hayan tocado -¿aún?- y exigir al hígado un trabajo adicional, resulta bonito, provechoso y terapéutico. Bien porteño, acotaría un despistado. Dicen que la comida es la excusa, pero en bellas ocasiones viene
al revés: la excusa es lo otro (la compañía, el recuerdo, los "afectos", por decirlo en lengua tilinguista), y la comida es lo que vale. El argumento de peso. Y si no pregúntenles a los que
compartieron minúscula mesita aquel con desaforado hablador egotista, la pasada vez de los calamares gigantes. Fueron ellos (los cefalópodos rellenos) quienes justificaron el esfuerzo.
Optando estará la
gansa, entonces, por hache o por b. Podrán acudir en busca del bullicioso entorno tanguitruquero, ahora con el piano puesto en valor (a punto, dijéramos) y repasado en su afinación por bien oneroso
profesional, o en pos de los rosbifes bufeteros, un must de la casa que ya conocen y mejora con el tiempo, con sus guarniciones no militares sorprendentes, únicas e irreproducibles. Comestibles, y bien de bien, vale
aclarar. Ni siquiera es menester tener claro el motivo de la visita ¿comer como excusa o juntarse como excusa para comer? Después cantar, y reír, hasta arrepentirse (de alguna otra cosa sucedida vaya a saber
cuándo y por qué, con quién y dónde, y cómo). Será cuestión de arrimarse, el sábado 16 a partir de las 22, hora político económica (hora real 20). Va a estar bueno Tango y Truco, diría el que te jedi. Y por
una vez, estaría certero.
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