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Capas, pisos, torres, alturas, volúmenes, contrastes y sabores
Una planta tiene su lógica. Usa primero un tiempo de enraizar, después otro de florecer, y así. La
ciudad, ¿organismo vivo?, tiene otra lógica. Al crecer hacia arriba, pierde raíces. Tal vez se caiga a pedazos, desarraigada.
No todo crecimiento es bueno. Lo sabemos, y buscamos raíces ajenas para reemplazar las propias ausentes Cuando uno desconoce porqués y cómos, va y
compra. Paseamos por la feria gastronómica del líquido Palermo fashion -todo va siendo Palermo, ¿no?- plena de étnicas falsías anodinas, decoradas, caras, y a veces diet. O light. Sosas. Pavas. Algo tiene de bueno lo malo, sin embargo. Conocemos extrañas combinaciones de sabores y nos sorprendemos con foráneos ingredientes. Asombra, por ejemplo, la moda del cilantro (resulta
que la Argentina fue, durante mucho, el primer exportador de coriandro, la semilla del cilantro. Habiendo tanta semilla aquí, nadie nunca comió la planta, que al desprevenido se le antoja con gusto a remedio. Claro
que el cilantro es raro: tiene un sabor en la semilla, otro en el tallo y otro en la hoja).
Volvamos a lo nuestro. Nos han pedido gentilmente un plato cafón, basto y popular. Una comida balcánica, afincada en la Grecia semiactual como plato casi
emblemático, y lo vamos a hacer. No hay recetas para estas comidas, como no las hay para el asado o el puchero o el guiso. Se hacen de mil modos, y muchos están bien. Los mejores despiertan recuerdos (hay aromas
de niñez). No es que no haya recetas: hay demasiadas.
Vamos a hacer una moussaka (digan "musaká"). Si alguno, alguna vez, la probó, encontrará muy buena a la nuestra, hasta deliciosa, pero
nunca tanto como entonces. Aquello de la infancia es como lo del primer amor. ¡Oh, mi mamá le ponía..! Moussaka es comida estratificada, en capas, cual lasaña rellena o bife a la criolla. Tiene varios
pisos, como los edificios que brotan a nuestro alrededor por sobre tradiciones y necesidades, violentando costumbres, códigos y realidades, saturando infraestructuras y soliviantando al Blumberg de Caballito, firme
habitué tanguitruquero. Nuestra moussaka no busca el lucro, ni destruye patrimonios, ni borra los signos del pasado. Será una torrecita sana, y tan sólo disparará algunas hormonas relativas a la perpetuación de
la especie. Aportará entonces -tal vez- a la superpoblación y el hacinamiento, con el consiguiente correlato comercial de más edificios en altura y menos raíces.
¡Vean ustedes los problemas que podría generar el amable gesto de complacer gentiles pedidos! Pretendiendo zafar del vicioso círculo corrupto, entraríamos en
él, presos de la paradoja que atormentó a Frank Rhijno.
Participen los inescrupulosos de esta comida potencialmente (el ambiente induce ilusiones felices) excitante el próximo
sábado 1º de marzo, desde las 22. Total, che, el año está perdido.
Osperamos
Pueden reservar por e-mail o teléfono (4431-4626)
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