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Versión taquigráfica de la presentación del presentador que no se presentó, hecha por el bufetero en homenaje póstumo.
Presentación del presentador
Ha llegado el momento del concurso propiamente dicho, que siempre comienza con la presentación del
presentador... y hoy también. Pero esta vez no puedo presentar al presentador oficial, porque no está. O sí. Hay muchos que no pueden estar de cuerpo presente, pero están de múltiples y variadas maneras.
Alentando, promoviendo, guiando, acompañando, desde algún lado. En este caso particular, la ausencia del presentador oficial de concursos es pasajera. O qué se yo. Esperamos
que sea pasajera. Porque es un lector exquisito. Cuando lee, todos cuantos les rodean se ven súbitamente atacados por una especie de calma, de paz, de tranquilidad. Hay como un karma bueno, que predispone a la tolerancia y la comprensión. Lástima que a veces se le da por en voz alta.
Resulta que el personaje faltante (Don El Oriental, para quien pido un aplauso terapéutico) ha desaparecido de la luz pública, atacado por el difundido virus del ostracismo. Nadie está exento, así que atenti. La
forma más común de la dolencia provocada por el virus tiene síntomas clarísimos: el paciente se mete en la cama y no se quiere levantar. Cada día que comienza es una promesa de fracasos, un larguísimo transitar por
pensamientos negros. Los minutos no se pasan nunca, y los años se pasan volando. Toda ayuda parece una burla. Ostracismo se aplica a quien se encierra en sí mismo, como una ostra. Una ostra es un molusco bivalvo,
esto es con dos valvas que, al cerrarse, protegen al animal interno de toda agresión externa. Si el molusco fuese univalvo, supongamos, no podría cerrarse. Valva, en latín "hoja de puerta": cada una de las piezas
que constituyen la concha de los moluscos, u otros animales, sin alusión personal. De valva viene válvula, por ejemplo, lo que se abre o cierra para dejar entrar o salir, o precisamente lo contrario. Valva...
válvula... No: vulva no. Eso deriva del mencionado sinónimo de valva tan utilizado en esa imprecación que afecta a las hermanas del insultado. En rigor, en la parla cotidiana no se alude directamente a nada, sino a
través de metáforas. Para referirse a esas valvas de esa ostra, se hace el gesto que inmortalizó La Baldosa Floja de Flores -Tito del Río- al interpretar "Cotorrita de la suerte". A veces, la ostra tiene un
problema, digamos, se le mete un granito de arena. Las ostras son seres del mar, y ya conocemos lo incómodo de la playa, cuando se mete arena ahí. Pero la ostra, a diferencia del humano, se encierra en si misma
un tiempo equis, y después resulta que hizo una perla. Algunos poquísimos humanos, como la ostra, se encierran y producen perlas. La mayoría, no. Para Don El Oriental, suponemos, se trata de un ostracismo
conciente y voluntario, tendiente a salvaguardar el equilibrio mundial privándolo momentáneamente de sus pullas y agresiones. Digo suponemos porque no sabemos, porque el Don ha desaparecido por completo.
Esto se merece una breve explicación.
Don El Oriental, en la vida civil, trabaja de orfebre y joyero: trabaja con materiales preciosos –plata, oro, platino, rubíes,
esmeraldas, eso- y con ellos hace cosas hermosas que vende a Tiffanys y otras joyerías, a coleccionistas particulares, y que despiertan la admiración generalizada. No voy a decir el nombre verdadero de Don El
Oriental, porque todos irían a manguearle huevadas, como que le suelde la cadenita del dije souvenir de una torta de casamiento, o le agrande el anillito que le tocó en chocolatín Jack. No voy a revelar su identidad
secreta porque sería una falta grave de ética, por un lado, y porque resulta imposible, ya que ni el mismo la conoce. En la vida civil, El Oriental cambia de identidad –personalidad y aspecto, todo- con la
misma frecuencia con que cambia su ropa interior. Una vez por semana. Perdón, hubo una semana en que se cambió dos veces: le encargaron análisis de orina, materia fecal, semen, etc. Y para ahorrar tiempo dejó
los calzoncillos en el laboratorio Sólo tiene un instante de cordura estable cuando llegan estos concursos de cantores, porque entonces apela a su doble personalidad recurrente. Se pone la capa de superhéroe,
adopta el seudónimo de Don El Oriental y hace su oficio de presentador, trabajando con materiales preciosos –la vida y la honra de las personas- y con ellos hace cosas deleznables que regala a las risotadas de
la chusma. Dijimos que en la vida civil era orfebre, pero su verdadero oficio es el de fanático. Fanático de cualquier cosa.todo se lo toma a pecho. Por ejemplo, si toma vino, toma en serio.
Si morfa, morfa en serio. Si cría perros, cría en serio Caballos, también Tenía 5 autos y una moto, e intentaba manejarlos a la vez, todos juntos, como si fueran los caballos de un coche fúnebre
Si se le da por coleccionar sombreros, alquila un depósito Tiene la rara habilidad de hacer un sicodiagnóstico en un minuto. Con sólo mirar a una persona, y escucharla decir dos palabras, ya tiene un panorama
clarísimo de cómo es la persona, cuáles son sus límites, sus dones, y sus deseos más recónditos. Por ejemplo, lleva el auto a un mecánico japonés y lo recomienda a todo el mundo. Algunos incautos caemos en la
trampa, llevamos el auto al japonés y todo es un desastre, porque el auto se la pasa en el taller y cuando sale anda pior. Entonces uno le comenta a don El Oriental lo que ocurrió y Don El Oriental le dice —
¿Pero cómo le llevaste el auto a ese peruano hijo de puta que me lo tuvo tres meses y lo dejó pior? Porque el Oriental, como buen fanático, se aferra a creencias sin fundamento, las que le vienen bien según el
momento, y abandona el sicodiagnóstico inicial que no se condice aparentemente con la realidad, pero siempre, a la larga, resulta certero. Aunque el japonés fuera peruano, pero cualquiera se confunde y le dice turco
a un árabe, ruso a un judío, o señora a una atorranta. Bueno, nuestro personaje hace las cosas a lo grande. Cuando lo conocí, era un alfeñique de 44 kilos con una barba hirsuta como un Bin Laden porteño del
subdesarrollo, y eso que en aquella época los barbudos eran sospechosos. Fue a sacarse la cédula con la barba y no lo dejaron, pero armó tal bolonqui y sobornó a un comisario y fue el único que tenía cédula con
barba. Bueno, tenía una cédula para cada identidad. Supongo que ahora tiene una caja de ahorro para cada personalidad, así quiebra la trampa de los 250 mangos semanales. No me distraigan con la realidad. Era
un alfeñique de 44 kilos. Después, con ese afán de hacer todo a lo grande, compró su método de Charles Atlas y pasó a pesar 118. El método de Charles Atlas venía en la contratapa de una historietas también apaisadas
que se llamaban superhombre, Mïster Equis –después conocidos como superman y misterix- La barra de don Nicola, Lupín, etc. Siguiendo el método –no el de Charles Atlas sino uno propio y personal- creció
notablemente, en sentido apaisado. Fumaba como un escuerzo, pero un buen día abandonó el vicio para siempre, de golpe y sin anuncio, y no fumó más. Siguió creciendo en sentido apaisado.
Otra vez dejó de comer carne, y la industria frigorífica se vió en una de sus peores crisis. Últimamente dejó de tomar vino y de comer comidas que engordan. Abandonó la barba, después el bigote, después el
cabello, después el color. Y se fue convirtiendo en la sombra de lo que era. Cada vez más flaco, más gris, más petiso y más pelado, iba desapareciendo, de puro fanático. Y ahora no está. O no es. O por lo menos
no lo vemos. Y alguna persona, cuyo nombre no voy a decir pero que está a la vista, le paga con la misma moneda con que pagan los que pagan mal.
Los regímenes extremos, y cualquier consigna tomada a rajatabla producen estos casos lamentables.
Así es, mis queridos simpatizantes de Greenpeace, como se extinguen las especies. Y así también ocurre, por extrañas combinaciones
de circunstancias externas y externas, como algunos brillan. Por su ausencia
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